
Hay cosas que uno espera del internet: que te espíen las redes sociales, que Google sepa dónde estás, que TikTok adivine tus pensamientos. Pero lo que no esperas es que el weón con placa policial de tu pueblo use las cámaras del estado para perseguir a su ex.
El Washington Post acaba de publicar una investigación que deja la cuestión clarita: más de 50 oficiales de policía en Estados Unidos fueron acusados de usar lectores de placas como los de Flock Safety para stalkear a sus parejas, ex parejas y hasta desconocidos. No es teoría de conspiración. Hay registros judiciales, mensajes de texto y confesiones.
Marci Bakely, una mujer de Georgia, no entendía cómo su ex —jefe de policía a 15 millas de distancia— sabía exactamente dónde estaba cada vez que salía a comprar, a una cita o al doctor. El tipo le mandaba mensajes minutos después. «No pensé que te ibas a descuidar», le escribió en un texto. La weá es de película, pero es real.
El hardware de la vigilancia ya no discrimina
Flock Safety vende cámaras con reconocimiento de placas como si fueran termostatos inteligentes. Las pones en cada esquina, conectas a la nube y listo: tienes un mapa en tiempo real de quién pasa por dónde. La empresa dice que es para «seguridad pública». El problema es que cualquier oficial con acceso puede convertir eso en su herramienta personal de stalking.
Y no son casos aislados. 50+ oficiales denunciados. Eso solo en los registros que lograron acceder los periodistas. Imagina lo que no se descubre.
En Chile no tenemos Flock aún —al menos no a esa escala—, pero ya estamos llenos de cámaras municipales, lectores de placas en autopistas y sistemas de «seguridad ciudadana» que nadie audita. El mismo riesgo existe: una vez que el hardware está puesto, la tentación de usarlo mal es inmensa.
La privacidad no es un lujo, es una falla de diseño
Lo que me molesta de verdad es la justificación corporativa. «Ay, es que tenemos políticas de acceso». Sí, claro. Las políticas no evitaron que 50 policías stalkearan gente. Las políticas no evitaron que un tipo rastreara a su ex en tiempo real.
La lección es simple: si un sistema permite el abuso, el abuso va a ocurrir. No importa cuántos manuales escribas. Lo que funciona es el diseño técnico que previene el acceso indiscriminado: logs inmutables, alertas automáticas cuando alguien busca a la misma persona 10 veces al día, acceso con doble autorización. Pero eso cuesta plata y les resta «agilidad» a las fuerzas del orden, así que no lo hacen.
Como ingeniero de sistemas, veo esto y me pregunto: ¿cuántas de nuestras «soluciones de seguridad» terminan siendo armas de doble filo? Cada cámara que instalamos sin control es un potencial instrumento de control social. Y no necesitas ser un estado totalitario: basta con un weón con acceso root y una cuenta pendiente.
La tecnología no es neutral. Nunca lo fue.
Fuente de inspiración: How rogue officers turned a nationwide camera network into a tool for stalking – The Washington Post
