
Bruce Schneier y Cindy Cohn publicaron esta semana un texto que debiera ser obligatorio: 25 Years of Mass Surveillance Is Enough. La tesis es simple y incómoda. Han pasado 25 años desde que el Patriot Act normalizó la vigilancia masiva posterior al 11-S, y lo que se vendió como una medida temporal de emergencia se convirtió en la infraestructura permanente con la que gobiernos y empresas nos observan todos los días.
Lo que empezó como emergencia es hoy negocio
El problema nunca fue solo la NSA. Lo que pasó en estos 25 años es que la vigilancia masiva se privatizó y se abarató. Las empresas de publicidad construyeron el mercado de datos sobre nosotros, y después los gobiernos simplemente se dieron una vuelta por esa tienda y compraron lo que antes tenían que espiar por cuenta propia. La NSA ya no necesita interceptar tu tráfico si puede comprar tu historial de ubicaciones a un broker de datos. Ese bypass legal es de las weas más preocupantes de la última década y casi nadie habla de ella.
Y el ejemplo fresco llegó justo esta semana: un policía buscó en las cámaras de patente Flock, que cubren más de 1.500 ciudades de EE.UU., unas 19.000 veces. ¿La justificación que dio en un registro? Literal «LMAO». El sistema entero de vigilancia de patentes — que fue vendido para combatir secuestros y delitos graves — terminó siendo el juguete personal de un funcionario aburrido. Eso es lo que pasa cuando construyes un sistema de vigilancia sin frenos reales: no lo abusa un villano de película, lo abusa un weón cualquiera con credenciales.
El argumento del aterrizaje forzoso
La parte que más me interesa del texto de Schneier y Cohn es que no piden regular mejor la vigilancia. Piden terminarla. Su argumento es que después de 25 años no hay evidencia sólida de que la vigilancia masiva haya prevenido atentados de forma significativa, y que sí hay evidencia abundante de abusos: periodistas vigilados, activistas perseguidos, minorías étnicas perfiladas. La propuesta concreta es dejar de renovar en piloto automático las leyes como la Sección 702 de FISA, que ha sobrevivido décadas a base de renewal de último minuto.
Aquí me toca opinar como alguien que trabaja en sistemas industriales críticos: la vigilancia masiva es técnicamente débil, no solo éticamente fea. Cada base de datos centralizada de quién es quién y dónde está es un objetivo de primera clase para cualquier atacante, desde un estado rival hasta un grupo de ransomware. La superficie de ataque que hemos construido voluntariamente en nombre de la seguridad es una broma. Yo mismo confío más en un sistema que no tiene nada interesante que robar que en el mejor guardado con cifrado del mundo.
¿Y Chile?
No nos hagamos los locos: acá también se compran datos y también hay proyectos de ley que quieren más cámaras con reconocimiento facial y más retención de datos, siempre con el mismo discurso de la seguridad ciudadana. La diferencia es que no tenemos ni el debate público ni los controles judiciales que discuten en EE.UU., donde al menos Schneier y Cohn pueden escribir esto y una ONG puede demandar al Estado. Si en otras partes llevan 25 años sin demostrar que la vigilancia masiva sirve, lo menos que podemos hacer acá es no repetir el error antes de que alguien nos muestre una sola evidencia.
Enlace al texto original en la fuente. Vale la pena leerlo completo, aunque sea una vez para los próximos 25 años.
Fuente de inspiración: 25 Years of Mass Surveillance Is Enough
